Cuando desde Ayuda a la Iglesia Necesitada me propusieron ir a Ucrania este pasado verano, tras meditarlo y rezarlo ante el Señor, mi respuesta fue un sí ingenuo a la vez que, sin saber bien por qué, confiado. Durante todo el viaje de ida me acompañaron unas palabras que un buen sacerdote me dijo antes de marchar: “Ve en nombre del Señor y lleva su amor.” ¿Yo, en nombre del Señor? Sentí una inmensa responsabilidad y a la vez la sensación de tener frente a mí algo que me sobrepasa: su amor.

 

El destino era Kamianets-Podilski, una pequeña ciudad del suroeste de Ucrania. Aunque está algo alejada del frente de guerra, ha acogido a muchos refugiados de las zonas más conflictivas. Allí, como en todo el país, la Iglesia se ha unido en los dos signos que la reconocen como tal: la oración y la caridad. Cada día, tras rezar los oficios, celebrar la Santa Misa y pedir la paz a Dios con todos los fieles en la Catedral, íbamos a echar una mano a Cáritas junto con otros seminaristas ucranianos. Dos cosas, que en verdad son una sola, me llegaron al corazón: el amor a Jesús en la Eucaristía y el amor a Jesús en los hermanos. Al fin y al cabo, ambas van unidas. En ese servicio pude ver un pueblo que con fe pide paz ante el Santísimo, con esperanza confía en Dios y con caridad acoge a sus hermanos y a Cristo mismo.

También tuve la oportunidad de escuchar historias de mucho dolor. Comer en la misma mesa con alguien que estuvo en una cárcel de Crimea por el hecho de ser sacerdote católico me hizo pensar en qué quiere decir ser de Cristo. Escuchar a una mujer que, teniendo marido e hijo en el frente, confesaba pedir a Dios no odiar jamás a sus hermanos rusos me hizo ver un reflejo de la misericordia divina. Y conocer la historia de la huida de una familia durante un bombardeo, viendo cuerpos calcinados por las explosiones, me hizo estar seguro de una cosa: Cristo en su Cruz ha asumido también todas nuestras cruces, y por la suya pasan todas las nuestras.

Incluso en la situación de guerra actual, la hospitalidad de todos conmigo también es algo que debo recordar. Desde el obispo local, monseñor León Dubrawski, hasta los jóvenes de la Catedral, cada persona que encontré me acogió con los brazos abiertos. Todo en Ucrania es de una pobreza física y espiritual que es en verdad humildad pura. Conocer a sacerdotes tan enamorados de Jesús en un ora et labora constantes y estar con santos seminaristas mientras sonaban alarmas por la ciudad son experiencias que me llevan a dar siempre las gracias.

Mi experiencia en Ucrania no es más que un simple testimonio entre tantos otros de la presencia del mal en la tierra y del triunfo del amor del Señor sobre este. Os invito a todos a que recemos para volver a decir siempre: ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres!

Daniel Delgado
Etapa Discipular

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